COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
7.8. CONSEJISMO, SINDICALISMO Y RESISTENCIA OBRERA Y POPULAR
Arizmendiarreta murió en noviembre de 1976, cuando el movimiento obrero mantenía una clara tendencia ascendente en su autoorganización, como se demostraba con la Coordinadora de Fábricas de Bizkaia que en septiembre de ese año llegaba a coordinar a delegados de 150 empresas de dicho herrialde, o la lucha de los obreros alaveses que llegó a su más dura expresión el 3 de marzo de ese año, o el Consejo de Trabajadores de Nafarroa capaz de elaborar un Convenio General que afectaba a 9.000 empresas con más de 100.000 trabajadores a comienzos de 1976.
Pero, también cuando por debajo de ese ascenso empezaban a formarse loas causas de su progresivo debilitamiento ya que, por un lado, avanzaba la coordinación entre las fuerzas reformistas para encontrar una salida "pactada" al régimen franquista; por otro lado, muy relacionado con esta dinámica, los grandes partidos reformistas movían sus peones en el movimiento obrero para disciplinarlo, acabar con su independencia de clase y someterlo a los intereses pactistas; además, un conjunto de factores sociales e históricos forzaban la extrema debilidad de las fuerzas consejistas dentro del movimiento obrero y su lentitud para responder a la manipulación interna de los partidos reformistas y de sus sindicatos; y, por último, el movimiento independentista vasco mostraba una preocupante desunión y una debilidad seria en lo tocante a su estrategia obrera, sindical y consejista. Las razones de estos cuatro factores son fáciles de entender.
En la primera cuestión, tanto el capitalismo europeo como el norteamericano estaban vitalmente interesados por controlar la crisis general del sistema franquista, y para ello movilizaron todos sus recursos, sobre todo la socialdemocracia y los partidos cristiano-demócratas; pero también estaba la URSS interesada evitar una generalización de la crisis que azotaba al sur de Europa y, aunque con algunas querellas secundarias, movilizó al eurocomunismo. Sin poder alargarnos en fechas, por ejemplo en febrero de 1976 la prensa "democrática" ataca con virulencia al independentismo abertzale y el PSOE se pasea por Hego Euskal Herria con el apoyo del régimen --recordemos que Franco había muerto el 20 noviembre de1975, o sea sólo tres meses antes--, en marzo se crea la Coordinadora Democrática, en la primavera de ese año el PSOE habla ya abiertamente de "ruptura pactada", en junio tiene lugar un mitin en Donostia durante el cual el PCE, el PSOE y el PNV renuncian a la "política del todo o nada", en julio llega al gobierno de Madrid Adolfo Suárez y se oficializa así el proceso de la llamada "transición".
Un componente nuevo que entonces comenzó a aparecer en el reformismo estatal fue su incipiente nacionalismo postfranquista que sería luego introducido en e sindicalismo estatalistas afincado en Hego Euskal Herria.
En la segunda cuestión, la intervención del reformismo político en el movimiento obrero se realiza con muy poco retraso con respecto a su claudicación frente al régimen. Si bien en la primera mitad de 1976 los sindicatos aún no tienen capacidad para actuar por ellos mismo al margen y menos aún en contra de las coordinadoras de asambleas de fábrica, sí van aceptando internamente la lógica de supeditación al proceso de pacto extrafabril con la burguesía. Además, la insistencia del PCE y del PSOE por paralizar toda reivindicación de depuración de las fuerzas represivas y, posteriormente, por denominarlas como "trabajadores del orden", esta claudicación en toda regla supone un demoledor ataque a la combatividad obrera, que a diario tenía que defenderse de esas fuerzas represivas. Conforme avanza la segunda mitad de 1976 se empieza a romper la unidad obrera y los sindicatos reformistas --ELA, CCOO y UGT-- se lanzan decididamente a buscar su fortalecimiento atacando directa o indirectamente la unidad obrera. Se están sentando las bases para lo que sería el "pacto de la Moncloa" que, en síntesis, certifica la derrota del movimiento obrero.
En la tercera cuestión, esta derrota se ha sustentado sobre la previa extinción del movimiento consejista y asambleario que ha sostenido la clase trabajadora durante aproximadamente una década. Pero, además de la intervención destructora de los partidos y sindicatos reformistas, también hay que tener en cuenta la debilidad estructural política y teórica de las pequeñas organizaciones obreras que defienden esa línea en el interior del proletariado. Debilidad política tanto por la larga represión franquista, como por la compleja formación del proletariado vasco y por la inexperiencia de la joven militancia obrera; y debilidad teórica porque el "marxismo" oficial, el que llegaba de la Editorial Progreso de Moscú y de Pekín, fundamentalmente, minusvaloraba, tergiversaba y/o atacaba calumniosamente la impresionante experiencia del proletariado mundial al respecto. Solamente una muy reducida militancia obrera podía tener acceso a la rica y amplia teoría marxista al respecto.
Además, para rematar al enfermo, desde 1975 la crisis económica golpeaba con especial fuerza y la burguesía, como siempre, reprimía con especial saña a los militantes obreros más combativos mientras que los restantes iban prestando cada vez más atención a los sindicatos reformistas que, conforme pasaban los meses y avanzaba la estrategia reformista en lo político extralaboral, ofrecían soluciones milagrosas dependientes no de la lucha obrera sino del pacto político con el post-franquismo.
Por último, en la cuarta cuestión, el independentismo abertzale había tenido desde bastante pronto en su historia un muy fuerte contenido asambleario pero, además de bastantes de los obstáculos que minaban la fuerza de los militantes obreros no independentistas según hemos visto arriba, los militantes obreros abertzale sufrían, por un lado, una muy especial y más dura represión simplemente por ser abertzales; por otro lado, los debates y escisiones en ETA y en todas las organizaciones que de una u otra forma actuaban bajo su influencia, que no podemos reproducir aquí; y, por último, desde mediados de 1976, la deriva claudicacionista del reformismo y la reafirmación españolista que empezaba a producirse en el reformismo español, como hemos dicho arriba, fue agudizando las viejas y permanente disputas teóricas entre abertzales y españolistas, agriando progresivamente las relaciones de solidaridad basadas en la lucha obrera.
De entre los textos disponibles sobre este conjunto de factores hemos escogido el que sigue porque expresa mejor que los demás el panorama que describimos. Se trata de una entrevista-debate entre la redacción de la revista Teoría y Práctica de febrero de 1977, y de un militante anónimo de la izquierda independentista. A la pregunta de la redacción de que: "Creo que la opción de los partidos marxistas tradicionales es la libre unión federada dentro del Estado español, por lo menos es su alternativa estratégica...", la respuesta del militante abertzale es:
"Sí, y sigue siendo una alternativa superestructural... lo cual no tiene nada de extraño, pues estos partidos se definen en relación al poder político... y creo que, precisamente por eso, estos partidos tienen, necesariamente, que convertir su acción sobre las superestructuras, la política fundamentalmente, en el eje determinante de su actividad. Los partidos marxistas tradicionales justifican su alternativa de autodeterminación como principio, y de mantenimiento del Estado español de hecho, aunque sea en forma federal, argumentando la necesidad de fomentar la unidad de clase dentro de este Estado, por encima de las diferencias nacionales... ¡Ahí está la cuestión!... esto está relacionado con su tendencia a crear "Estados socialistas" fuertes, unidos, potentes, que realicen un proceso de desarrollo, de acumulación, sobre las bases de los anteriores Estados capitalistas. Es natural que se identifiquen con los actuales Estados, y con las "economías nacionales" que les sirven de base.
A mi juicio, no se trata de negar la realidad de los Estados y de las economías nacionales, pero tampoco se trata de convertirlos en "supuestos" fuera de discusión. Habría que recordar que estos Estados y estas economías no son neutros, son Estados y economías de explotación. La lucha de la clase debe desarrollarse, y de hecho se desarrolla, contra estas formas de explotación. Y a mi juicio esta lucha puede ser progresiva. Creo que no se trata de "constatar" simplemente cuándo esa lucha ha llegado a un punto que hace necesario la formación de un Estadio independiente, o bien cuando no ha llegado este punto; cuándo la gente vota una u otra cosa por sufragio. Esto no es tener una política, esto es oportunismo político, o es tener una visión españolista. Se hacen diferenciaciones sutiles, como la diferencia entre nacionalidad (Euskadi) y nación (España). Entonces la unidad de clase que se plantea como necesaria entre todos los pueblos del Estado español, se plantea en referencia al Estado burgués, en referencia a la dominación burguesa. No hay una unidad en positivo, es una unidad, por así decirlo, en negativo. Yo creo que no es esta una auténtica unidad de clase, es una unidad mediatizada por la burguesía.
Por eso yo creo que la posición revolucionaria es saber impulsar en todo momento las tendencias al autogobierno nacional de los trabajadores de Euskadi, sin limitaciones que respondan a tal o cual táctica, la única limitación debe ser la de la conciencia de los trabajadores, y el problema es que estas tendencias al autogobierno nacional sean una expresión de su tendencia a la autogestión de clase. Evidentemente, esto hay que concretarlo, y aquí es donde parece claro que los análisis marxistas ortodoxos no dan respuesta. Es necesario encontrar una respuesta seria, elaborar teóricamente la cuestión".
Esta larga cita resume, a nuestro entender, el grueso de problemas que llevaron a un debilitamiento serio de la práctica consejista y asamblearia vasca, pero no a su extinción definitiva. La militancia consejista y asamblearia abertzale se enfrentaba a una impresionante tarea sin los instrumentos organizativos, políticos y teóricos convenientes, especialmente sin una adecuada interpretación de la dialéctica entre consejismo, sindicalismo sociopolítico y organización revolucionaria estable.
Este problema es permanente en la lucha por la autoconciencia obrera porque surge del hecho objetivo de que mientras el Capital se enfrenta como unidad de clase al Trabajo, éste empieza a sufrir la explotación sin ninguna unidad de clase propia, a título individual de cada trabajador asalariado, de manera que debe ascender a su propia unidad de clase, a su autoconsciencia, mediante la creación en y durante la lucha de diversos niveles organizativos que aunque dialécticamente relacionados también mantienen una autonomía propia como son, básicamente, los consejos, soviets, comités y coordinadoras; los sindicatos sociopolíticos y sindicatos revolucionarios, y por último, las organizaciones revolucionarias estables, llámense partidos u organizaciones integradas en un movimiento de liberación nacional.
Naturalmente que entre estos grupos básicos existen colectivos y organizaciones intermedias, más o menos específicas y sectoriales que tienen gran autonomía de funcionamiento, sobre todo cuando sirven para enlazar al movimiento obrero con el pueblo trabajador, con sus movimientos populares y sociales, y a esta gran y decisiva clase asalariada con la pequeña burguesía antigua y/o moderna.
Aunque este tema decisivo lo tocaremos más adelante, para comprender plenamente el significado de la larga cita anterior, debemos decir que, en primer lugar, esta delicada relación dialéctica tiende a romperse en los momentos de reflujo y retroceso en su eslabón más débil, el de los consejos, los soviets y las coordinadoras, mientras que tiende a debilitarse mucho en su eslabón siguiente, el del sindicalismo sociopolítico y también en el de la organización revolucionaria, pero aquí a otro ritmo más lento; y en segundo lugar, sin embargo, en los procesos de liberación nacional y social, también de género, la flexibilidad y resistencia de la relación dialéctica es superior porque intervienen más factores subjetivos e identitarios en su engarce interno.
Ahora bien, como sucedió en la época que tratamos, de 1966 a 1978, la militancia obrera abertzale aún no había generado una base teórico-práctica suficiente para resistir con éxito a la ofensiva capitalista española que se preparaba en el interior de las negociaciones claudicacionistas con el franquismo, y que emergió con toda su fuerza reaccionaria tras los Pactos de la Moncloa y se volvió a reforzar tras el tejerazo de febrero de 1981. De todos modos, y sin que sirva de consuelo, mucho más débil era el movimiento obrero español.
Volviendo al tema inmediato que tratamos, la entrevista, a pesar de que al poco de su fecha se extinguía la Coordinadora de Fábricas de Bizkaia, en primavera de 1977, y aunque los Pactos de la Moncloa de otoño de ese mismo año significaron el endurecimiento del ataque del Capital contra el Trabajo, no por ello la burguesía pudo certificar la muerte del movimiento obrero vasco. El hecho de que entre 1975 y 1985 el Capital destruyera 170.000 puestos de trabajo en el sector industrial, demuestra la extrema dureza de la agresión burguesa contra la centralidad del Trabajo. Aun y todo así, no desaparecieron del todo las luchas obreras, pero sí entraron en un fase defensiva que no podemos analizar aquí. Como síntesis explicativa de todo este proceso destructor escogemos la cita del texto de Andrés Bilbao "Obreros y ciudadanos. La desestructuración de la clase obrera". La cita es esta:
"Tanto la gestión empresarial como los cambios legislativos sólo pudieron materializarse una vez vencida la resistencia de los trabajadores ocupados al comienzo de la crisis. Y esto es precisamente lo que ocurrió a partir de 1973, y con especial intensidad entre 1977 y 1984, período en el que se inicia un ataque escalonado a la estabilidad del empleo. Se trata de un ataque desarrollado de forma concéntrica, que se inicia en los sectores más periféricos y culmina en lo sectores centrales de la economía. A medida que progresa este ataque concéntrico se irá produciendo tanto el debilitamiento político organizativo de las clase obrera como el desarrollo de profundas divisiones en su interior. Tres han sido los mecanismos mediante los cuales se ha producido el progresivo debilitamiento de la estabilidad de l empleo: 1) la vía judicial; 2) los expedientes de crisis; 3) la reconversión industrial (...) La vía judicial ha sido, durante todo este período, la que ha tenido un efecto más importante sobre el empleo estable. Su importancia numérica ha sido muy superior a cualquier otro procedimiento. Sin embargo, a pesar de su volumen numérico, no ha sido conflictiva ni ha representado, a diferencia de la reconversión industrial, un problema político".
La importancia de esta cita radica en que presenta crudamente las limitaciones teórico-políticas de la clase trabajadora para comprender el contenido de clase del sistema judicial, contenido terriblemente efectivo en la desestructuración del movimiento obrero. El problema es más grave de lo que se puede pensar a simple vista porque es necesaria una cierta formación teórico-política crítica para conocer la imbricación real del aparato judicial en la estructura de poder del Capital. No hace falta sólo un sentimiento de rechazo basado en la experiencia colectiva sino, sobre todo, una comprensión teórica de la mecánica de poder y de explotación. Los obreros del Estado español aguantaban sobre sus costillas una apabullante experiencia empírica de la naturaleza del aparato judicial franquista, pero sin embargo se plegaban a sus dictados sin apenas presentar resistencia. Mientras que la patronal y el aparato franquista estaban muy desprestigiados no así el aparato judicial que, para colmo, no fue depurado en absoluto.
En el fondo, aquí reaperece la interesada separación de poderes legislativo, judicial y ejecutivo que estableció en lo ideológico Montesquieu, pero que prácticamente la burguesía nunca ha aplicado porque, en la realidad de la dominación, el poder del Capital funciona siempre como un todo unitario en lo esencial aunque tenga fricciones y contradicciones secundarias y no antagónicas en problemillas insustanciales. El reformismo no cuestiona ni teórica ni prácticamente este esquema porque ella misma sobrevive precisamente gracias a su aceptación.
Varias son las razones que explican por qué los trabajadores no adquirieron esa imprescindible conciencia teórico-política, desde la emigración masiva del campo a la ciudad hasta el nulo esfuerzo educador de la oposición antifranquista y la aceptación del sistema por las fuerzas político-sindicales reformistas, pasando por las dificultades puestas por la dictadura para la formación de las clases oprimidas. Pero también, la propia ideología burguesa que idealiza y separa al sistema judicial. El hecho es que por una razón u otras, la burguesía tuvo en el aparato judicial el instrumento decisivo de destrucción que apenas fue cuestionado.
Posteriormente, en el Estado español no se hizo ningún esfuerzo para denunciar cómo el aparato judicial franquista pasaba íntegro a ser el aparato judicial de la "democracia". Y si no hubo ninguna crítica a semejante continuidad tampoco hubo ningún esfuerzo de clarificación teórico-política crítica sobre los perniciosos efectos de la ideología subyacente, la que además de exonerar al aparato judicial también lo eleva sobre los conflictos sociales, lo presenta como neutral y, peor aún, garante último de la "democracia". Y aquí radica la otra parte del problema, que afecta directamente a todo el proyecto socialista dado que éste, si pretender ser realmente autogestionario, no puede permitir que exista un aparato de poder por encima de y en contra de la democracia socialista.
Peor aún, además del aparato judicial práctico, su ideología embaucadora e invisibilizadora refuerza la escisión esquizofrénica que rompe al ser humano concreto en, como mínimo, tres trozos totalmente incomunicados como son su trabajo, su cotidianeidad "privada" y su cotidianeidad "pública". En esta esquizofrenia es el aparato judicial el encargado de establecer las conexiones necesarias para enlazar los tres trozos, y otros más, pero sin facilitar nunca su unificación sino, al contrario, forzando su mantenimiento y su distanciamiento. Las distancias insalvables entre esas áreas se deben solventar transitoriamente gracias a la intervención puntual del aparato judicial burgués, que dicta cómo, cuando y hasta donde se enlazan puntualmente esas porciones para volver a aislarse a continuación.
Un ejemplo de los aplastantes efectos materiales de esta ideología lo tenemos en la tajante separación que establece Arizmendiarrieta entre "fuera" o "dentro" del cooperativismo. Separación típica de la ideología burguesa, de la escisión esquizofrénica entre, en este caso "dentro" o "fuera" de su cooperativa. Pero la misma ideología la asume el reformismo político-sindical al aceptar la separación absoluta entre los conflictos "dentro" y "fuera" de la fábrica.
Cuando Arizmendiarrieta exigía al franquismo un trato especial para sus cooperativas, cuando insistía en la separación estas y las fábricas de "fuera" no hacía sino beneficiarse de la reaccionaria concepción burguesa; beneficiarse, aplicarla y reforzarla pues mientras él se creía con derechos especiales y únicos, se desentendía de la represión implacable que el aparato judicial descargaba sobre los trabajadores de "fuera" del cooperativismo. Esta desunión del Trabajo es una constante provocada por el Capital que tiene como objetivo impedir los esfuerzos de reestructuración del Trabajo, del pueblo trabajador en su conjunto. La autogestión socialista generalizada, si quiere existir, ha de plantearse como necesidad prioritaria superar esta desestructuración que se presenta en múltiples formas, como veremos.
7.9. AUTOGESTIÓN DE EUSKADIKO EZKERRA Y REPRESIÓN DE EUSKAL HERRIA
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